Leyendas de Reynosa: Issasi Cantú

20 Ago 2013(16:37:37)

Hugo Reyna/EnLíneaDIRECTA

Reynosa, Tamaulipas.-La mayoría de la gente asume que las leyendas de fantasmas, aparecidos e historias de miedo se producen solamente en ciudades antiguas del país como: Guadalajara, Ciudad de México, Guanajuato, Veracruz y otras y en la frontera por dicha condición geográfica no hay nada que contar al respecto.

Sin embargo, nada está más alejado de la realidad, pues en Reynosa han ocurrido muchas leyendas que Don Cesar Humberto Issasi Cantú, cronista de la ciudad ha recopilado en el libro que recientemente elaboró y que se titula “Leyendas de Reynosa”.

Se trata de leyendas que han sido contadas de los bisabuelos a los abuelos, nietos y que de boca en boca se han hecho celebres al paso de los años como: La Mujer de la Sierrita, La Mujer de la Frontera, La Mujer de Blanco, La Mano en la Caballera, La Historia de Pintorelli, entre otras.

Precisamente la referente a “La Mujer de la Sierrita” cuenta de una mujer de extrema belleza que aparece en el camino que va de Reynosa a Monterrey en el tramo conocido como “La Sierrita” aparece a descuidados automovilistas que la miran absortos en su hermosa silueta que se dibuja al cobijo de la luz de la luna.

De pronto los viajeros observan como la mujer de blanco- sin mediar invitación- aparece al lado de ellos y al detenerse o mirar por el espejo retrovisor desaparece dejándoles con los pelos de puntos, es la historia de la mujer de la Sierrita que aparece al lado de los choferes que en sus autos suben la cuesta, ella flota mirándolos fijamente desde la oquedad de sus ojos inexpresivos.

LA MUJER DE DE LA FRONTERA Y LA MANO EN LA CABELLERA

“La Mujer de la Frontera” es la historia de una mujer que durante las noches de plenilunio, con la luna fulgurante en lo alto de los cielos, aparecía una mujer deslumbrante ataviada con gasas y velos que la identificaron como “la Mujer de Blanco”.

Se dice que caminaba en silencio, con su larga caballera ondeando libre al viento y bañado por los rayos lunares que jugaban con su silueta que flotaba en el aire y se perdía en los linderos de la laguna “La Escondida”.

Los hombres que la miraron quedaron prendados de su belleza, pero a la vez el terror los embargaba, pues sabían que esa mujer no era del mundo terrenal, venía del inframundo para encantar a los hombres que embelesados la seguían al monte y a los prados agrestes de entonces en la laguna, por muchos años se contó de sus apariciones a la medianoche.

Otra historia contenida en el libro “Leyendas de Reynosa” de Don Cesar Humberto Issasi es la relativa a “La Mano en la Caballera” que dio pauta para la otra leyenda popular en la región: “La Mano Pachona”.

Esta cuenta que en la calle Matamoros antes de llegar a la Porfirio Díaz en la Zona Centro había un edificio de dos pisos, en la planta alta vivía- según decían- un duende que hacía toda clase de travesuras y desordenes, en el piso de abajo había una peluquería.

Los encargados de cortar el cabello a los niños y afeitar a los caballeros, aprovechaban la fama del viejo edificio y contaban toda clase de historias de miedo, en donde el duende era el protagonista.

Los peluqueros contaban con tal dramatismo y acento de veracidad sus historias que los clientes creían en algo sobrenatural que habitaba el caserío, el tiempo paso y el edificio fue demolido, pero al realizar excavaciones se encontraron huesos humanos que tenían muchísimos años de haber sido enterrados.

En la cantina “El Valle” que se encuentra en el barrio, Don Apolinar Tanguma un hombre de edad, contó que la historia la escuchó de su abuelo hace muchos años y que hablaba que en la casa de dos pisos vivía un hombre llamado Arcadio Cantú.

Arcadio Cantú fue un colonizador avecindado en la región desde principios del siglo XIX, en aquel entonces en una ocasión tuvo un enfrentamiento con un indio de la tribu “Tareguana” que en un acto de valor lo combatió y al perder la vida, Arcadio fue despojado de su cuero cabelludo por el nativo como una muestra de triunfo y honrar a su adversario. Don Arcadio Cantú fue enterrado en el terreno de su casa en medio de jacales de caliche y palma, entre corrales y sus jardines.

Se dice que el alma en pena de este hombre comenzó a vagar buscando su caballera y cuando alguien pasaba en las noches frente a lo que fuera su casa les jalaba el cabello, por eso en el piso de debajo de la casona, en donde había una peluquería, muchos de los trabajadores que ahí sirvieron o clientes juraron haber sentido como los halaban del cabello como con deseos de arrancárselos, tal como ocurrió con Don Arcadio y su pelea con aquel indio.


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