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Por La Espiral Claudia Luna Palencia

Date
20 Oct 2019(15:13:06)


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Fusión y mística. Desde la cosmogonía esencial del concepto del ser humano en su relación con todo cuanto lo rodea, hasta el sincretismo resultante del encuentro ideológico y metafísico del politeísmo con el monoteísmo.

Los dioses, las sombras, el canto de la naturaleza, la lengua de los caracoles, la belleza de los pavorreales, el misterio de los alebrijes, el alba cayendo en las pirámides y el sentimiento de pertenencia a la naturaleza con su halo mágico de los claros días propicios para la fertilidad; como contracara, el temible rugir de los volcanes, el temor de las noches sin luna y de las estrellas fugaces surcando el cielo acaso un indicativo de funestos presagios.

Dos civilizaciones equidistantes, no podían ser más distintas, dos polos opuestos que chocaron entre sí como si fuese otro meteorito cayendo en Chicxulub hace 66 millones de años cuando aconteció la extinción de los seres vivos del final del Cretácico.

La unión de dos culturas de las que emanó una nueva gran piedra filosofal que contribuyó a fomentar grandes cambios y transformaciones en lo que hoy en día se conoce como occidente.

No todo fue sangre, violencia y devastación, el proceso creativo de dos razas diferentes logró en su fusión que el hombre nacido del maíz, como cuenta el Popol Vuh, trasladase toda su espiritualidad para transitar en una épica de hondas contradicciones y se forjase una raza orgullosa y pujante.

De esa conquista, escribiría el escritor Octavio Paz, docto en analizar el pasado y el presente de los mexicanos y de su mexicanidad, “nacimos todos nosotros, ya no aztecas, ya no españoles, sino indohispanos americanos, mestizos. Somos lo que somos porque Hernán Cortés, para bien y para mal, hizo lo que hizo”.

La génesis del abrazo entre el emperador Moctezuma y el conquistador Hernán Cortés -acontecida el 8 de noviembre de 1519- cumplirá pronto cinco siglos, y lo hace además en un momento de fortaleza entre las relaciones de México y España compartiendo un sentido de comunión por amplios valores universales y dentro de la agenda de la globalización a favor del multilateralismo.

En México, diversos colectivos preparan la recreación del suceso, con herederos contemporáneos de ambos personajes y en el mismo sitio en el que luce una placa alusiva: en la esquina de Pino Suárez y República de El Salvador.

En aquel entonces marcó una espiral de acontecimientos importantísimos con la llegada de los europeos, entre ellos los españoles, dado que sucedió un proceso de escala planetaria, asevera Enrique Moradiellos, convencido de su relevancia trascendental “sin duda como la globalización hoy en día”.

A COLACIÓN

Para contrastar diversas opiniones acerca del hecho histórico y su próxima conmemoración, hace unos días entrevisté a varios destacados historiados españoles y otros expertos del tema.

Por ejemplo, Moradiellos, quien es Premio Nacional de Historia, en su opinión me comentó que no debemos perder de vista que esto significó la constitución del ámbito cultural de lo que llamamos Occidente y no todo “fue barbaridad, salvajismo o violencia”… se creó una cultura propia.

“Que esto que llamamos Occidente se vaya constituyendo por la llegada de hombres, ideas, caballos y perros junto con la noción de la religión cristiana monoteísta al actual continente americano todo eso forma parte de un proceso histórico que se va acelerando a partir del siglo XV y que cierra ya la globalización planetaria en el siglo XVIII con las últimas exploraciones”, explicó Moradiellos de forma escrupulosa.

Se trató de un siglo muy importante: el siglo XV está lleno de inventos y avances, agrega el Premio Memoria Histórica, como el astrolabio, los galeones… el mundo va cambiando y el centro político pasa a ser el Atlántico: al otro lado han llegado los españoles, los portugueses, luego los holandeses, los ingleses, los franceses. Hay una conexión pero también separación, el Atlántico pasa a ser el eje del mundo.

“En la conformación de la nueva América hispánica, las orillas del Atlántico se convirtieron en límites especulares de un espacio de conectividades, un laboratorio de experimentación sociocultural, una vía de circulación de personas y bienes, pero también de ideas y lenguas. Al compás de esos fenómenos, el Mediterráneo cedió el testigo al Atlántico como eje geográfico de la reordenación del mundo conocido. A la par, Europa pasaba a compartir culturas y primacías con las Américas mediante la conformación del mundo occidental de la Edad Moderna: el occidente heredero y legatario del viejo mundo grecolatino y de su derivación cristiana medieval”, enfatizó Moradiellos.

Y prosiguió el experto: “El vasto imperio español en América tuvo su origen en la época de los grandes descubrimientos geográficos de finales del siglo XV y llegó a extenderse desde la Alta California, por el norte, hasta el cabo de Hornos, en el sur. Comenzó a fraguarse con el primer viaje financiado por la Corona de Castilla con Cristóbal Colón al frente de tres carabelas y menos de 100 hombres, que arribaron el 12 de octubre de 1492 a tierra firme desconocida en la isla de San Salvador; hoy las Bahamas”.


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